jueves, 6 de septiembre de 2012

Distrito Sur


Las diez de la mañana y todavía seguía retumbado en el sillón incomodo de hospital, ya había jugado con el móvil hasta quedarme sin batería, había hablado con el preso y con casi todas las enfermeras, llevaba mas de dos horas allí sentado, mirando el techo mientras observaba pasar lentamente el reloj. Cuando de repente apareció ese cabello rubio por el fondo del pasillo, inconfundible, era mi compañera Marta, una treintañera de apenas 160 centímetros de altura pero con un temperamento que no había quien le llevara la contraria, Llevaba apenas cuatro años en el cuerpo, pero su experiencia se hacia notar en cualquier intervención, andaluza de pura raza, de lo cual se sentía orgullosa y lo demostraba en cuanto tenia ocasión.


­­­­­­—Sevillano, perdóname por tardar pero no te encontraba —dijo Marta.
—Pues de aquí no me he movido, en el pasillo de urgencias —dije enfadado por la espera, aun sabiendo que me era imposible enfadarme con ella.
—Anda que vete de aquí ya que te gusta guerrear y esta la cosa calentita —dijo Marta.

Y no espere más, cogí mi mochila, me la eche al hombro y abandoné el pasillo despidiéndome de Marta con un guiño de ojo el cual me respondió con una sonrisa. Al llegar a las puertas del hospital, una mano toco mi hombro, la cual me hizo girarme rápidamente echando mi mano derecha a mi HK 9mm.

—No te asustes compañero —me dijo Marcial mientras me entregaba un sobre—  Solo quería entregarte esto.
—Lo siento, pero no me gusta que me toquen la espalda  —dije respirando mas tranquilo. —¿Has visto a mi compañero?
—Como para no verlo, esta en la puerta fumándose un cigarro —respondió.
—Hasta otra Marcial —dije sin perder más tiempo.
—Hasta la noche compañero —dijo mientras sonreía.

Marcial era uno de los tantos vigilantes de seguridad del hospital 12 de Octubre, tenía alrededor de cincuenta años, con más de veinticinco en la puerta de urgencias, conocía a todos los policías del distrito, ya que le encantaba codearse con nosotros. Aprovechaba cada ocasión para interactuar, contándonos batallas y animándonos a contarle nosotros. Era un buen tío, aunque alguna noche que otra apestaba a alcohol.

—¿Ya llego el relevo? —me pregunto Pablo mirándome por encima de las gafas de sol, sorprendido al verme ahí fuera.
—No. Pero me canse de estar ahí sentado y he salido a tomar el aire —Respondí sin mirarle a cara.
—¿Nos vamos? —pregunto extrañado.
—Si quieres quédate tú —mientras me dirigía al maletero del Z.

Me senté en el asiento del copiloto, busque el cargador de mi móvil y lo puse a cargar. Pablo no era mi compañero habitual, y sinceramente, no me agradaba la idea de ir juntos. Es un gallego de apenas veinticinco años, un personaje singular al que le gustaba darse siempre a notar. Vestía el uniforme como nadie, dando un aspecto sacado del ejército de “panchovilla”

—Charli50 para Victor26, disponible. —Dije mientras buscaba mi pera en mi hombro.
—Recibido. —Contesto mi equipo.

Mientras salíamos del aparcamiento del hospital, mire la hora del coche que marcaba las diez y cuarto, pensé que solo me quedaban cuatro horas por delante para terminar mi turno. Me puse a mirar por la ventana mientras pensaba si al llegar a casa tendría la comida hecha pero me acorde rápido que no, mi novia estaba trabajando. Nos dirigíamos a nuestro distrito, distrito sur de Madrid.

—Tengo que ir a Comisaría a hacer unos papeles — me dijo Pablo.
—Vamos donde tu quieras. —hace tiempo que decidí que cuando iba con él haríamos lo que el quisiera, así no discutíamos.

Entrando por la calle de comisaría mi equipo pidió indicativo para un servicio, eche la mano a la pera del coche para contestar y Pablo me miro con cara de desolación.

—¿Solo trabajamos nosotros? —pregunto Pablo irónicamente.
—Disponible si, si estuvieras atento al equipo lo sabrías —conteste de mala manera, mientras contestaba al equipo.
—Diríjase a Calle Piscis, al parecer se esta produciendo una riña de pareja —comunico el equipo.

Encendí sirenas y luces, se como le gustan estos servicios a mi compañero y no se hizo esperar su respuesta. Pablo conducía a cien kilómetros por hora por una calle transitada por mucha gente a esa hora de la mañana, lo mire y me puse el cinturón.

—Amárrate a la vida —dijo mi compañero.

Al llegar al lugar, mire el edificio de viviendas el cual me dio buena impresión, comprobé que la puerta del portal se encontraba abierta y tuve suerte, subí las escaleras detrás de mi compañero y al llegar al timbre se dispuso a llamar.

—Espera, escucha primero. —dije.
—No se oye nada. —contesto mientras pulsaba el timbre el cual le dejo tirado porque no funcionaba.

Sonreí mientras aporreaba la puerta, cuando abrió un hombre de unos setenta años, con aspecto desaliñado, como recién levantado de la cama.

—¿Que quieren? —contesto aquel hombre.
—Buenas tardes caballero, ¿Hay algún problema? —le conteste.
—Ninguno, yo y mi mujer solo hemos discutido, estos vecinos que llaman a la policía por cualquier cosa. —me respondió, cambiando su cara por la de una buena persona.
—Muy bien, comprobamos que todo esta correcto y nos vamos —contesto pablo mientras introducía un pie ya dentro de la vivienda.

El hombre se aparto y nos dejo pasar, pudiendo observar como una señora de aproximadamente la misma edad resoplaba en la cocina mientras recogía algo del suelo.

—¿Se encuentra bien señora? —pregunte.
—Este hombre, que me tiene harta,  se va al bar  se toma cuatro vinos, vuelve a casa y no me deja hacer mis cosas tranquila, que se vuelva al bar y venga a la hora de comer —contesto la señora.
Momento en el que se reinicia la discusión entre la pareja, dándome cuenta que aquello no llegaba a ninguna parte.

—¿Eso que huele es café? —interrumpí la conversación, mientras me daba cuenta como los tres me miraban extrañados.
—Si recién hecho. —me contesto la mujer
—Llevo un mal día yo también, que tal si me invita una taza mientras su marido habla con mi compañero en el salón. —pregunté.
—Claro que si muchacho. —contesto la mujer mientras se dirigía a la cafetera de hojalata que me recordó a mi niñez.

Me adentré a la cocina cerrando la puerta, dejando a mi compañero y aquel señor en el pasillo. Una cosa que aprendí de aquel veterano que me enseño en mis prácticas, que ante un caso de violencia domestica, lo mejor es separar las partes con cualquier excusa y escucharlas por separado. Y tras hacerle a la mujer las correspondientes preguntas de estos casos, deduje que no había pasado nada, simplemente una discusión como la que tienen todas las parejas, como las que tengo yo con la mía. Invitamos al caballero a abandonar el domicilio, el cual consintió sin problemas. Ya en el portal, le explicamos que con esta ley, tiene todas las de perder, así que le aconsejamos que lo mejor que puede hacer cuando discuta con su pareja, es salir a la calle un rato hasta que se calmen las aguas.

Al montarme en el coche, ya me había cambiado Pablo mi emisora, me decante por no decirle nada y aguantar el Rock que tanto le gusta. Me acorde del sobre que me entregó Marcial, lo abrí y comprobé que contenía una cartera con documentación. Luego la dejaré en Comisaría pensé.

Entrando por comisaría salude a mi compañera de la oficina de denuncias, Paloma, la cual se encontraba fumando en la puerta.

—Haga frió o calor siempre te veo aquí compañera —dije mientras le sonreía.
—Puto tabaco —se limito a contestar, con cara de llevar un mal día

Me senté en la sala de descanso mientras mi compañero hacia sus “papeles”, por decir algo, lo único que estaba haciendo era hablar con uno y con otros, contar batallas que la mayoría de las cosas eran mentira, en las que quedaba él siempre como “SuperCop”. Observe como en el tablón de “Buscados” había viejas glorias conocidas, por lo que me dispuse a anotar varios que eran factibles de ver esa mañana cuando entro en el cuarto, Fernando, mi oficial.

—¿Qué tal las vacaciones Oscar? —me pregunto con cara de interesarle.
—Cortas —me limite a contestar..
—Se que nos echabas de menos —dijo mientras se sentaba en el ordenador.
—No te voy a engañar, echaba de menos a los compañeros y el trabajo —le respondí.

Fernando era el policía mas antiguo de nuestro grupo, rondaba los treinta años pero las noches ya le pesaban y le hacían aparentar más edad. Solo había ido con él un par de veces, pero me gustaba su forma de trabajar, se le notaba la experiencia y ese filtro que hacia al parar a gente lo envidiaba, tenia buen ojo. Recordé un lío donde nos llevamos a un buscado, de una de las peores familias del distrito, donde tuvimos que salir corriendo al recibir una lluvia de objetos desde aquel poblado chabolista del sur de Madrid, Fue una locura meternos ahí los dos solos, pero entre sus ganas de trabajar y la locura que tenia yo en la cabeza no vimos el peligro hasta que nos dio en las narices. Menos mal que todo acabo con el muchacho detenido y nosotros sin recibir ningún rasguño.

La mañana pasaba, el reloj marcaba las trece y cuarto horas, mi compañero y yo íbamos de servicio en servicio sin novedad, como decimos nosotros, de milonga en milonga. Ya había desayunado un bocadillo de aquella tiendecita que tan bien nos tratan, difícil en un distrito como el nuestro. Sabía que entraba la hora caliente, momento en el que mas servicios hay y mejores.

—Indicativo para calle Alfonso Grosso, al parecer se ha cometido un tirón de una cadena a una persona mayor.
—Victor26, haber si contacta con requirente y amplia información. —respondí mientras me resignaba. No entendía como un policía te coge el teléfono de un tirón, y solo nos aporta esos datos, nada sobre el autor ni dirección de huida.

Nos dirigíamos al lugar del cual nos encontrábamos relativamente cerca, mis pulsaciones comenzaron a aumentar, llevaba poco en el oficio, pero lo afrontaba como el primer día, me apasionaba mi trabajo, cuando un indicativo comunicó encontrarse ya allí y nos facilito el trabajo con descripción y dirección de huida.

—No vayas al punto, ve a la zona de Casablanca. —le ordene a Pablo. Una zona conflictiva del distrito, que se encontraba cerca del tirón, de gente en su mayoría de origen magrebí,  lo cual respondía con las características del autor.

Cuando estábamos a punto de llegar a la zona, observe por mi ventanilla como un varón, de unos treinta años, con camiseta morada y pantalones piratas, lo cual correspondía con las características del autor, al vernos se paro en seco, nos intercambiamos miradas y la suya no se me olvidaría nunca.

—¡Para! —le dije a Pablo mientras echaba mano a mi defensa y me bajaba del coche.

El varón comenzó a correr en dirección opuesta a donde yo me encontraba y yo me dispuse a correr detrás de él mientras comunicaba mi situación por la emisora. Corría detrás de él por las calles del distrito, cuando por la emisora escuche a Pablo comunicar que me había bajado del coche y corría por calle Torrelaguna. Me di cuenta que mis compañeros no estaban escuchando mi situación por lo que arranque la pera de mi equipo, me saque el equipo del cinturón y me lo puse en la mano y ahora si, me entraban los comunicados, esto demuestra los medios de los que disponemos. Vi como empujaba a la gente, mientras yo lo seguía con una mano en el equipo y en la otra la defensa, gritando que se apartaran a los que tranquilamente deambulaban por la acera. No sentía las piernas, corría como no lo había hecho nunca, cuando vi como se adentraba en el parque Blanca Paloma, lo comunique por el equipo y me adentre detrás, apenas me sacaba 30 metros pero el varón corría mirando atrás, asustado, lo cual le hacia sacar fuerzas de donde no las tenia para no rendirse. Salto una valla, apoyándose en una mano, yo la salté sin rozarle, me hizo ganarle metros, lo tenia apenas 5 metros de mi, mientras le ordenaba que se parara, caso omiso que me hacia, lógicamente. Escuchaba a los compañeros preguntarme por mi situación, donde me encontraba, oía sirenas a mi alrededor pero nadie me veía ni yo a ellos, no era capaz de seguir hablando mientras corría, empezaron a flaquearme las fuerzas, había pasado de cero a cien de repente, y eso no debía ser bueno para mi cuerpo. Pero a el también le flaquearon y vi como se paró, delante de mi, dándome la espalda, apoye mi mano en mi arma y le dije que se tirara al suelo, el varón ni me miraba ni se tiraba al suelo. Viví momentos de tensión..

—¡Al suelo, he dicho al suelo! —le repetí una y otra vez.

Cuando hinco una rodilla en el suelo, aproveche para abalanzarme encima de él, colocándole mi rodilla en su espalda y tumbándolo en el suelo. Le golpee con el equipo en las costillas y le dije que ni se le ocurriera moverse. No me encontraba con fuerzas de ponerle los grilletes. Comunique mi situación entre jadeos y me dispuse a esperar los compañeros para engrilletarle. Me di cuenta que había llegado tan asfixiado que si en ese momento, se me da la vuelta y se encara conmigo, no hubiese tenido fuerzas para hacerle frente, aunque él se encontraba peor que yo. Pronto llegaron los compañeros que lo engrilletaron y yo me limite a deambular alrededor a coger un poco de aire. Cuando me entro un fuerte dolor en mi cabeza, el cual me hizo pensar que podría desmayarme, por lo que me senté en cuclillas. Mis compañeros me felicitaban dándome una palmadita en la espalda, o al menos eso creía yo. Cuando levante la vista el varón ya estaba de pie, engrilletado, dirección a algún vehiculo policial y fue entonteces cuando me di cuenta que había hecho bien mi trabajo,

—¿La cadena? —pregunté como pude.
—La tenemos, la llevaba en el bolsillo —me respondieron sin saber quien.
—Enhorabuena compañero. Buen palote —escuche a mis espaldas mientras me dirigía al coche.

Allí me esperaba Pablo, que se había limitado a seguirme con el coche como pudo, y al verme entrar con la cara pálida, se limito a reírse.

—Que mala cara tienes coño, que hemos hecho un buen palote. —me dijo Pablo entre risas.

Me limite a sonreírle mientras cogía un poco de aire. Me sentí orgulloso de mi mismo y fue entonces cuando recordé a la pobre anciana, que le habrían dado el susto de su vida.

—¿Cómo esta la mujer? —pregunte a Pablo mientras nos dirigíamos a Comisaría.
—Bien, solo tiene una herida en la rodilla de la caída. —me respondió.
—Quiero devolverle yo la cadena, acuérdate de recuperarla cuando lleguemos. —conteste egoístamente.
—Tranquilo Oscar, yo me encargo. —me contesto Pablo mientras puso las sirenas y de nuevo nos dirigíamos a Comisaría doblando la velocidad permitida.

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